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22 de diciembre, hoy me han dado las notas. En España es el día de la Lotería de Navidad, y si te toca el gordo, con un décimo puedes ganar 300.000 euros, o sea unos 3.300.000 dirhams de aquí de Marruecos, muchas pelas. Yo, sin embargo, hoy me he ganado 3 suspensos: Mates, Inglés, e Historia. Mi viejo se cabreará, seguro.
Me escaqueé rápidamente a la salida del insti, pues Gloria estaba empeñada en que nos fuésemos con los trols del grupo de Alain a bebernos unas cervezas en su casa. Como llevaba a Kali en la mochila le puse la excusa de que él estaba deprimido por llevar dos horas encerrado ahí y que me iba a casa. Gloria sacó su morrito de enfado como siempre y me dio la espalda diciendo “que te den”. Así que me piré a casa.
Kali es mi gato. Tiene dos meses y lo adopté en circunstancias algo inconfesables. Bueno, os lo cuento. Una noche salí a cazar y no me apetecía matar a un perro, cuando estoy perezoso lo hago, qué remedio, pero no me gusta como huelen los perros, por lo que decidí beberme un gato, tienen menos sangre pero los gatos huelen bien, al menos para mi delicado olfato de vampiro. No tardé mucho en localizar un gran gatazo negro que resultó ser gata, y en un momento terminé con sus siete vidas y la dejé seca. Al arrojar el triste cadáver gatuno al suelo salió de detrás de un árbol una cosita minúscula y tambaleante que empezó a dar golpecitos con el hocico en la cabeza de eso que fue su mamá. Como soy un vampiro idiota y sentimental se me partió mi frío corazón y adopté a Kali. Le puse el nombre de Kali, que es nombre de diosa hindú, porque al principio pensé que era niña. Yo le buscaba la colilla y nada, pero luego resultó ser niño y ya no me apetecía cambiarle el nombre. El caso es que siempre llevo a Kali en la mochila pues no le gusta estar solo, y además yo me siento culpable por haberme bebido a su mamá. Creo que él no lo sabe, era demasiado pequeño, pero a veces me mira girando la cabeza con cara de reproche y en esos momentos yo pienso que sospecha algo.
Como no quería que Kali siguiera creciendo lo hice vampiro el domingo pasado. No se aún si ha sido una buena idea, pero en tan solo un mes ya había creciendo bastante, y a mí no me apetecía tener un gatazo enorme. Así, con dos meses, tiene el tamaño ideal para ir en la mochila, y se quedará así de pequeñajo para el toda su eternidad gatuna.
Aparentemente sigue siendo un gato normal, un juguetón cachorrillo negro de gato común de pelaje brillante y más bien largo, pero sólo aparentemente. Ha olvidado su pienso seco para gatos (y eso que le compro el más caro que hay) e incluso la lata de delicatessen de pescado para gatos que le puse para tentarlo la rechazó con absoluta indiferencia.
El domingo después de comer me hice un corte en el dedo meñique y se lo metí en la boca, al principio intentó apartar la cabeza y lo obligué a chupar, pero enseguida se volvió loco de ansia mamona y casi me deseca el brazo.
Por la noche tuve que encerrarlo en mi cuarto de baño. Se había pasado toda la tarde enfermo y medio dormido, y al anochecer estaba como loco, maullando y pegando unos brincos impresionantes. Yo ya sabía lo mal que se pasa las primeras horas de ser un vampiro.
A eso de las 5 de la mañana, aún noche cerrada me desperté, creo que por el silencio que noté en el baño. Abrí la puerta con prudencia y Kali enseguida asomó su carita. Juraría que antes tenía los ojos más bien amarillos, y ahora eran de un verde esmeralda, pero aparte de eso, todo parecía en orden. Me lamió la mano amorosamente y salió camino de la terraza contoneando el culillo y agitando elegantemente el rabo.
Lo vi sobre la jardinera, y en un segundo ya no lo vi. Con mi rapidez de vampiro salté hacia la terraza y al asomarme tuve tiempo de verlo en la terraza del vecino de abajo, no justo el de abajo, sino en diagonal, o sea, el piso del Secretario de Estado de Asuntos Religiosos, desapareció de mi ángulo visual hacia dentro de la vivienda. Me quedé no más de un minuto reflexionando. Kali, tras su mutación vampírica, lo primero que hacía era ir a su casa de los horrores. El Secretario de Estado tiene un dobermann, Napoleón, que aterroriza a todo el barrio, y Kali, con tan solo oírlo ladrar en la calle, se moría de miedo y no había forma de sacarlo de mi mochila, que es donde más seguro se debe de sentir. Y entonces me temo lo peor.
Salto a la terraza del Secretario en busca de mi gatito. La puerta corredera de cristal está abierta unos veinte centímetros, más que de sobra para que entre Kali. La deslizo con cuidado de no hacer ruido y entro en el piso sigilosamente. Cierro los ojos, y un intenso olor a sangre me estalla en el cerebro, justo entre los ojos. El piso es simétrico al nuestro, por lo que tan sólo tardo un segundo en llegar a la cocina. Todo es de mármol blanco, gres blanco y madera lacada en blanco. Los chorros de sangre han dejado salpicaduras por todas partes, algunas con formas muy bonitas. La cabeza del dobermann está sobre la vitrocerámica, como si Kali estuviese pensando asarla, y el cuerpo decapitado del finado Napoleón, sigue durmiendo plácidamente sobre una manta amarilla que ahora parece más bien la bandera de España centrifugada. Kali está con cara de no haber roto un plato junto al cadáver del dobermann, se me acerca muy mimoso y como siempre que quiere hacerme la pelota restriega su cabecita en el empeine de uno de mis pies.
- Kali cariño, tenemos que hablar, no puedes ir por ahí asesinado a los perros de los Secretarios de Estado – le reprendo mientas lo baño en el bidé en agua calentita que se ha puesto de color rosa – si decapitas las mascotas de la gente tendremos problemas.
- miau… miaauuu
- Sí, ya sé que Napoleón era un hijoputa, pero tienes que ser un lindo gatito como hasta ahora, aunque seas un vampiro – y meto el pie que me puso perdido de sangre junto al tierno cuerpecillo mojado que se relame.
continuará…