Archivo de la Categoría “diario de Hemo, un vampiro adolescente”

Me deslizo a 20x por las calles iluminadas del color naranja de las farolas. No podéis entender lo que es eso. A 500 kilómetros por hora, con la sensación de deslizarme a cámara lenta, sin sentir el movimiento de las piernas. Y como hay poca luz, las personas que caminan por la calle no me ven. Yo sin embargo las veo perfectamente, como si me parase un momento delante de sus rostros inocentes e ignorantes del peligro que corren. Algunos sienten algo que no entienden, como una ráfaga de aire, como un reflejo en la noche. A los más sensibles, un escalofrío les recorre desde los genitales a los intestinos.
Estoy muy alterado por el olor del negrito. No consigo sacármelo del centro del cerebro. Es dolor, es dulzor, es escozor, es ansia, como cosquillas en la barriga, como hambre y sed y furor. Mierda, no podéis entenderlo. El lenguaje de los humanos no sirve para describir las sensaciones de los vampiros. Y entonces, para intentar calmarme, decido esquiar entre las personas. Yo lo llamo así. Lo hacía en Casablanca cuando me ponía nervioso. Se trata de correr a toda pastilla entre la gente en una calle peatonal, pero a la velocidad vampírica, de manera que no me ven y yo me lo paso pipa esquivando gente. Voy tan rápido, que cuando alguien me parece interesante, le rodeo su rostro con el mío, como haciendo un travelling desde una de sus orejas a la otra, pasando por su nariz, con la que casi roza la mía. Yo le sonrío, pero ella o él no me ven. Tan sólo sienten algo raro, y yo me muero de risa y sigo como loco entre la gente, fugaz, ágil, libre y loco. Muerto de la sed del negrito, y gritando en mi interior con gemido de bestia inaudible. Ahora lo hago en la Calle del Conde, la calle peatonal de la Ciudad Colonial de Santo Domingo. Llena de gente, es una delicia hacer zigzag rapidísimo, y a la vez, para mí, como en cámara lenta. Una familia de turistas viene hacia mí, el padre, la madre, un niño y una chica de más o menos mi edad guapísima. Se me ocurre la idea de hacerles el giro a los cuatro, por lo que empiezo por el padre esquivando su gran barriga, luego giro alrededor de la madre y tengo que dar un salto para superar por arriba la mano de ella con la que lleva agarrado al pequeño. Giro sobre él y noto que pone una cara muy graciosa al notarme delante, aunque no me ve. Y culmino mi proeza rodeando a la preciosa muchacha de bucles rubios. Veo su oreja izquierda, su melena me roza la cara, su mejilla derecha después y cuando estoy delante de su boca no puedo evitar adelantar los labios tan solo unos milímetros, robándole un beso fugaz. Cuando oigo su grito yo ya estoy a muchos metros siguiendo mi esquí de obstáculos humanos.
No detengo mi carrera de animal de la noche hasta llegar al malecón frente al mar. Desde un espigón contemplo la noche del Caribe, casi mil kilómetros al sur está el continente, Venezuela, y más allá… me interrumpe mi oído, una figura se acerca hacia mí. Me sorprende que me me vea, pero me doy cuenta de que ya no estoy en movimiento fugaz, sino quieto al borde del rompeolas, en una noche clara de luna llena. Es una figura enorme, un hombre gordo y grande, con una camisa abierta, unas bermudas como las de todos los turistas y un sombrero panamá de lo más extravagante.  Se detiene a un metro de mí y con cara rubicunda y sonriente me dice “hola, como estás?” con un acento de americano o inglés.
- ¿Es americano?
- Soy canadiense, y tú?
- Yo soy español
- Y qué haces aquí tú solo, es peligroso pasear de noche por el malecón, lo pone en todas las guías.
- Para mí no es peligroso. Pero para usted seguro que sí lo es. Tiene toda la pinta de turista atracable.
- Jajaja, no te preocupes, sé defenderme, y me enseña una pistola que lleva metida en la parte de atrás de sus bermudas.
- ¿Eres agente secreto o algo así?
- Algo así. Aunque no debería decírtelo. Y tú eres turista ¿no?
- Yo soy un vampiro, pero tampoco debería decírtelo.
- Jajaja, qué gracioso, si quieres paseamos un poco y me cuentas que tal es eso de ser vampiro
- Vale
Gerald y yo paseamos por la malecón camino del río Ozama. Está muy oscuro, aunque claro, yo veo perfectamente, pero me sorprende que él vea algo. Camina de manera muy graciosa, como un pato, tiene una enorme barriga que asoma entre los faldones de su floreada camisa abierta. Por lo visto trabaja para la embajada de Canadá, por lo que que es una especie de espía. Yo, como me cae bien y es espía, decido contarle lo mío. Aunque por la sonrisilla con la que me mira de reojo, me parece que no se lo cree. Me dice que no debería andar yo solo por aquí, que soy demasiado pequeño y demasiado blanco y demasiado guapo para andar solito. Yo le digo que gracias por lo de guapo, y que él a mí también me gusta mucho, sobre todo por su gran barriga, y que si quiere que bajemos por aquí a una playa secreta, tranquila y oscura que yo conozco.
- Y para qué quieres que estemos tú y yo solos en un sitio tranquilo y solitario.
- Para matarte y beberme tu sangre, ¿para qué va a ser?
- Jajaja
Y Gerald me sigue talud abajo, un poco fatigado por el esfuerzo y resoplando, hasta una playita desierta rodeada de árboles inmensos. Yo le espero que llegue al borde del mar, y entonces él dice:
- Come here handsome boy
Y eso es lo último que dice Gerald. Me lanzo hacia él y a dentelladas me abro paso por su vientre, arranco a mordiscos pedazos enormes de piel, grasa y tejidos que desconozco, de un golpe saco su estómago y de tres dentelladas más deshago el pulmón izquierdo y llego al corazón que aún bombea borbotones de una sangre negra y espesa. Me lo como por dentro al pobre de Gerarld, lamiendo y chupando sus órganos dentro de la caja torácica. Masticando y chupando su carne como la hiena vampírica que soy. Luego me desnudo y arrastro a Gerald mar adentro, agarrando el cadáver como las gatas cogen a sus gatitos, tiernamente, de la nuca. Me sumerjo con él y a unos quince metros de profundidad lo dejo en el fondo, metiéndole dentro del vacío cascarón de su pecho una cuantas rocas.
Cuando llego a la playa estoy limpio y purificado. He conseguido sacarme de la cabeza, al menos por un tiempo, el dulce olor del negrito limpiabotas.

continuará…

© J.G.

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Un vampirito sudado, eso estoy hecho. Me olfateo las axilas en las que no consigo ni de coña que me crezcan pelos. Parece que no huelo. Sudo, lo cual queda fatal en un vampiro. Mi padre dice que me corte el pelo, pero me niego. Las temperaturas mínimas jamás bajan de 18 grados, eso me gusta, pero por el día hace calor y humedad. Esto es el Trópico de Cáncer. Desde ahora seré un vampiro tropical   ;)

Fue de un día para otro. Acababa de pasar la navidad y mi padre se descuelga con que qué me parece la idea de irnos a vivir al Caribe. Yo le dije de broma que me parecía fantástico, y él dice que no es una broma, que es la oportunidad de su vida, que supone ascender de cónsul a embajador en su carrera diplomática. Y que Santo Domingo es una bonita ciudad y que patatín y que patatán.

- Papá, ¿por qué coño me preguntas mi opinión si tú ya has tomado la decisión?
- Álvaro cariño …
- Vale, vale, no voy a discutir si tú ya has tomado la decisión, y no me llames Álvaro, me llamo Hemo. Ni cariño, que no soy tu bebé ni tu novio.

Quince días después de esa conversación ya estábamos aterrizando en el aeropuerto internacional Las Américas de Santo Domingo. Y al día siguiente en la casa que la Embajada tiene en la Ciudad Colonial para uso particular del embajador. Lo único bueno de este cambio en mi vida es que Laure, la novia gabacha de papá ha pasado a ser novia gabacha a 7000 kilómetros de distancia, lo cual no está nada mal. Mi padre dice que a lo mejor consigue que la trasladen aquí, aunque lo dudo, pues papá es un mujeriego y por aquí se ve cada mulata que quita el hipo.

Pues así están las cosas. Aquí tenéis, a este pobre Hemo Lilitu desconcertado en un nuevo país del que aún apenas nada conoce. Mi padre me ha matriculado en el Liceo Francés. Dice que así no perderé mi nivel de gabachuá. Me incorporo la semana que viene. Aterrorizado estoy, ya os contaré.

Hemo: "tendré que comprarme ropa tropical..."Lo que más me preocupa ahora son mis problemas digamos “alimentarios”. Llevo ya cuatro días aquí y esta noche o a lo más mañana tengo que salir de caza. En Casablanca ya tenía más o menos organizada la cosa. Solía visitar una granja de corderos y ya me había casi acostumbrado a volver con la boca sabiendo a lana. Lo de corretear por el parque cazando ratas y ardillas era un asco, y no me gustaría tener que hacerlo salvo en circunstancias desesperadas. Y en cuanto a matar a personas, pues algo dentro de mí me dice que tengo que volver a hacerlo, lo llevo en la sangre, jejeje, pero aún estoy un poco traumatizado por el tipo que me cargué en el parque. Lo que sí que he notado, nada más bajar del avión de Iberia que nos trajo aquí, además de la bofetada de calor húmedo con que te reciben estos países, es un olor delicioso en el aire. Al principio yo no sabía qué era, pero se fue haciendo más denso y delicioso conforme el coche que nos envió la Embajada para recogernos en el aeropuerto se adentraba por los barrios populares al norte de la Ciudad Colonial. Y ayer por la tarde, cuando salí a dar un paseo por ni nuevo barrio, se resolvió el enigma del olor.

Llevaba una hora caminando, por la calle El Conde, el Parque Colón, la calle Las Damas, la Plaza de España, y de regreso a casa, ya cansado, comenzaba a anochecer y me senté un rato en una plaza donde hay una estatua de un tal Juan Pablo Duarte que no sé quien es. Apenas había nadie, tan sólo un grupo de hombres alrededor de una mesa improvisada jugando al dominó. No lo vi venir, yo miraba de lejos la partida de dominó, y me dí cuenta de que estaba viendo y oyendo las manos sobre las fichas como ve y oye un vampiro, no como hace un momento antes de que se ocultase el sol. El caso es que estaba allí, sentado sobre sus talones, arrodillado ante mis pies calzados con zapatos negros.

Es minúsculo, con unos ojos enormes que me miran sin parpadear y una carita redonda. Es un limpiabotillas, un niño de unos 9 o 10 años, un negrito descalzo, con unas bermudas descoloridas y una camiseta rota de tirantes. Me contempla desde abajo, y luego mira tristemente hacia mis zapatos que están un poco polvorientos. A mí nunca en la vida me han limpiado los zapatos en la calle, y eso que en Casablanca había cientos de limpiabotas. No me gusta. Pero mi olfato de vampiro paraliza a mi lengua que estaba a punto de despedir al niño. Le sonrío y él, inmediatamente radiante de alegría, abre su cajita de madera y comienza a agitar su cepillo sobre mi zapato, de una manera muy graciosa, compensando con la otra mano el movimiento para no perder el equilibrio sobre sus talones descalzos. Y es ahí donde tengo la revelación del olor de La Hispaniola, que es como me ha dicho mi padre que se llama esta isla. Del pequeño cuello del niño, de sus orejitas redondas y de color chocolate, se desprende uno olor que solo puedo definir como de “un dulzor resplandeciente”. La mezcla racial de esta isla, los genes mezclados y en revoltijo de indios taínos, españoles y negros africanos, ha destilado una mezcla racial que desprende un elixir extásico para la delicada nariz de los vampiros. En ese momento, comprendo ese olor de fondo de la isla. Es la primera noche que estoy fuera de casa al anochecer, y el dolor de mis dientes, el sonido que literalmente oigo de la sangre que fluye por el precioso y pequeño cuello color chocolate, me hace estremecer. Es una sensación dolorosa y oscura, una mezcla de hambre, sed y ganas de orinar. Este niño desprende un olor que ningún ser humano es capaz de imaginar. Es el olor de la pureza, la belleza y la vida. Los dientes me empiezan a doler de manera insoportable, intento no mirar la cabecita morena cuajada de ricillos minúsculos y la pequeña mano que oscila delante de mí. Miro a las estrellas y en ese momento suena el ruidito del móvil con un mensajito:

“Vuelve inmediatamente a tu casa. Aléjate de él !!!!!. Estoy cerca de ti, en Ciudad de México. Te visitaré pronto, y te explicaré muchas cosas. Besitos. J”

Sin mirarlo dejo caer entre sus manos un billete de 50 pesos, y literalmente desaparezco ante sus ojos agradecidos, a 20x, a la velocidad del miedo y del hambre de los vampiros.

continuará…

© J.G.

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Hemo Lilitu - 01Tras unos meses desaparecido por culpa de mi puto papaíto, volveré a estar con vosotros muy pronto.

Os cuento, pero sólo un poco:

Han trasladado a mi padre del Consulado de España en Casablanca a la Embajada de España en Santo Domingo, en la República Dominicana. Pero… ¿y eso dónde coño está?, sí, yo también tuve que buscarlo en el Google Earth y resulta que está al lado de Cuba. En el quinto coño tropical. Al otro lado de océano Atlántico, donde hace un calor del demonio, to está lleno de negritos y mulatos y mosquitos, y un vampiro sin experiencia como yo no pega aquí ni con cola   :o   pero mi padre se ha negado en redondo a que me quede en casa de mis abuelos en Madrid. Y J dice que me aguante, que soy un vampiro menor de edad y que manda mi padre. No sé yo de qué cojones me vale ser vampiro si tengo que seguir aparentando ser un mierdoso quinceañero hijo de papá. En fin, en unos días os cuento más.

Posdata: Kali, mi gatito vampiro, está eufórico desde que llegamos al trópico y no hay quien lo aguante. Y como la calle está llena de limpiabotillas negritos minúsculos, lo tengo vigilado de cerca. Si se atrevió con el dobermann Napoleón, ¿imaginas lo que le puede hacer a un negrito?   :)   dice que exagero, y os manda miau-besitos. Ta pronto coleguis. Besitos también de moi ;)

firmado: Hemo

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